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Tras el rechazo de Irlanda al Tratado de Lisboa, ¿cuál es el futuro de la UE?

El Tratado de Lisboa, que sustituye a la fallida Constitución Europea boicoteada por los votantes de Holanda y Francia en 2005, iba camino de convertirse en una realidad hasta que se estrelló en las urnas de Irlanda. La propuesta para construir una Europa fuerte y unida fue rechazada en el mes de junio por el único de los 27 países que forman la UE (Unión Europea) que dejó la ratificación en manos de sus ciudadanos. Frente al 46,6% de síes, el 53,4% de los irlandeses del 53% que se animó a votar dijo un rotundo no. El actual desplante de los irlandeses bloquea de nuevo la reforma de las instituciones europeas. ¿Qué ocurrirá a partir de ahora?

Para conquistar el ansiado Tratado de Lisboa, es necesario que todos los países ratifiquen la normativa. Al oponerse Dublín, se corre el riesgo de que otros países miembros se contagien de la decisión irlandesa. El presidente de la República Checa, Václav Klaus, ya ha dicho que el Tratado de Lisboa “está acabado” al no ser posible “continuar con la ratificación”. También el presidente del Gobierno irlandés, Brian Cowen, ha reconocido que el resultado de la consulta conduce a una “gran incertidumbre” y a una “situación compleja que no tiene una fácil solución”.

El nuevo Tratado, todavía en el aire, debería entrar en vigor el 1 de enero de 2009. “No es la primera vez que Irlanda se muestra reacia a avanzar en el proceso de cambio institucional de la UE. También votó en contra del Tratado de Niza (en 2001 y volvió a celebrarlo al año siguiente)”, recuerda Agustí Ulied, profesor de Economía Europea de ESADE. Según este experto, los motivos son dos: “Uno insular, porque tanto Gran Bretaña como Irlanda no están enganchados al continente, y van a su aire”. Y otro motivo es porque Irlanda siempre ha querido mantener algunas de las particularidades de la Constitución. “Sobre todo, temen que la integración vaya en contra de su tradición”. Con tradición se refiere, entre otras cosas, a que se le toque su actual política fiscal. José María de Areilza, profesor de IE Law School y Cátedra Jean Monnet, no discrepa en dar las mismas razones de por qué Irlanda ha votado en contra del Tratado. “Ha habido muchas razones, pero muchas de ellas son irracionales, como que podrían subirle los impuestos”, piensa.

1.500.000 votos de irlandeses han puesto en jaque a los 490 millones de europeos. Ignacio Molina, investigador de Europa del Real Instituto Elcano, dice sobre el resultado de la consulta que los irlandeses están desinformados y piensan “exclusivamente en los intereses de Irlanda” Han rechazado el Tratado, dice, “por un efecto enfado hacia su propio Gobierno (por problemas de corrupción, etc)”. Tienen miedo a la globalización, añade, “que no les garanticen una armonización fiscal dentro de la UE o temas que tienen que ver con el aborto o el matrimonio homosexual. Son cuestiones más bien retóricas”. Precisamente debido a ese miedo por la globalización, en las zonas más rurales del país ha sido donde el no ha sonado más rotundo. “Irlanda se ha beneficiado mucho de la política agraria europea, y el miedo a perder esos beneficios ha provocado esta reacción”, continúa Molina.

Ulied, por su parte, explica que los irlandeses son “más conservadores (que el resto de Europa)” y por eso han respondido con un no. “A todo el mundo le da miedo el cambio”, explica, al mismo tiempo que recuerda que en Europa en general, los trabajadores del campo, los agricultores, son más reacios a los cambios. “Y en Irlanda pasa igual. Las zonas rurales son mucho más conservadoras. Pasar de ser de los países más pobres de la UE, a ostentar el segundo puesto como país más fuerte de la eurozona en renta per capita…da miedo el cambio”, subraya.     

¿Qué puede ocurrir tras el no de Irlanda?

Todavía es pronto para pronosticar el rumbo que tomará la UE, y Dublín no sabe qué proponer. “Piden tiempo”, recuerda De Areilza. En términos prácticos, la UE, con el Tratado de Niza como ley básica y muchas dificultades para gestionar su actuación, previsiblemente se hundirá en una nueva crisis política, como la que sucedió al rechazo de la Constitución Europea.

Los máximos líderes de la UE son los responsables de analizar las consecuencias del referéndum irlandés sobre el Tratado de Lisboa y establecer una nueva línea de juego. De hecho, José Manuel Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea, la rama ejecutiva de la UE, ha emplazado al primer ministro irlandés a presentar soluciones al rechazo de su país. Para De Areilza, “la forma más correcta sería no saltarse la regla de la unanimidad y votar dentro de un año una declaración que explique a los irlandeses su circunstancia. Es la solución más clásica”. Otro problema de fondo que observa es que, cada vez que se le pregunta a un pueblo europeo sobre reformas, Europa dice que no. De Areilza coincide con los demás expertos consultados en que la solución más viable es que los irlandeses voten otra vez y den el anhelado sí. “Si no, habrá que renegociar, aunque no sabemos cómo terminará”. También opta por hacer una Europa a distintas velocidades, “y que cada país se suba al carro a su ritmo”.

El proyecto de integración europea, con este nuevo revés, ve agudizarse su crisis de confianza. Durante la jornada de referéndum, dice De Areilza, “los líderes europeos han visto pasar delante de ellos veinte años de reformas de los tratados, logros, transformaciones, adversidades y problemas alrededor de la construcción europea. Merece la pena no limitarse a convertir a los irlandeses en chivos expiatorios de los males de Europa y abrir la reflexión sobre lo ocurrido”. Además, recuerda que el episodio irlandés debería llevarnos a recordar la finalidad de la construcción europea: “una continua profundización en la integración económica y política compatible con el respeto a las identidades nacionales, que se refuerzan y no se debilitan con el proceso supranacional”.

“Irlanda quiere un periodo de reflexión, pero es una situación delicada”, comenta Molina. “El país tiene un problema político que tendrá que solucionar con un nuevo referéndum. Pero para conseguir que den el sí pedirán incentivos”, añade. En su opinión, una alternativa para conseguirlo sería asustar a los electores irlandeses imponiéndoles algún castigo, “como la exclusión de Irlanda de la Unión Europea”. El único remedio para que el Tratado de Lisboa vea la luz es que finalmente Irlanda ratifique el tan ansiado referéndum. “El rechazo irlandés paraliza el Plan B (tratado de Lisboa, tras el fracaso de la Constitución) y, hoy por hoy, no hay otra solución. Sin Irlanda, no tiene sentido el Tratado, porque es un cambio institucional a nivel europeo”, confiesa Molina.

¿Hay crisis en la Unión Europea? “Sí, pero si los veintiséis estados ratifican, la presión será tan grande que se necesitará una nueva solución”, apunta. Para que la crisis se agrave, sería necesario que este momento de “incertidumbre se contagie a otros estados, y es lo que parece que está ocurriendo con República Checa y Polonia”. Si se consuma el efecto dominó, la UE estaría sumergida de lleno en una crisis. “Yo creo que el gobierno irlandés no ha sido muy ágil y, ahora, de alguna manera tiene que dar la cara ante Bruselas. Soluciones todavía no hay ninguna, salvo esperar a la cumbre europea que se celebrará en octubre. Entonces presentará alguna sugerencia para cambiar algunas cosas en el funcionamiento del tratado posterior. El gobierno puede volver a consultar al pueblo”, opina Ulied.

De Areilza habla de crisis, pero una crisis de crecimiento. Cree que la Europa actual no tiene por qué paralizarse porque la máquina sigue en marcha. “Lo único que falta son líderes que empujen, que propongan proyectos atractivos y que no se paren”.

De Areilza añade que “el proceso de ratificación del Tratado de Lisboa debería fomentar y no impedir una reflexión permanente sobre la Europa que queremos, todo lo ilustrada, racional y profunda que sea posible”, dice. Para el profesor del IE, este rechazo es, más que nada, un golpe desmoralizante. “La integración europea es el proyecto más valioso de los últimos sesenta años en nuestro continente. Tiene que tener una aceptación social. El proyecto europeo requiere la unanimidad de todos los estados”, defiende.

Nuevo plan ante el fallido intento

Los expertos prefieren mantener la cautela antes de adelantarse qué va a pasar ahora que ha fallado el Plan B. El único plan que Molina ve factible es “seguir con las reglas actuales del Tratado de Niza, que se han quedado estrechas para este nuevo traje, pero la única solución sería replantearse la unanimidad y establecer, de forma valiente, que las reformas se cumplan si así lo quiere la mayoría de países, no por unanimidad”. Para él, el denominador común europeo es el Tratado de Lisboa, “que ya se ha descafeinado. Cualquier reorganización acabaría, seguramente, en el mismo sitio. Hay países que no quieren descafeinarlo más. Este tratado es la única solución posible. Los estados más importantes han ratificado. Incluso Reino Unido”, apunta. Además, hace un llamamiento a los irlandeses y confiesa que, “si supieran la responsabilidad que tienen, que se podrían quedar fuera de la Unión, se replantearían mucho la respuesta”. Salvo que Irlanda vuelva al referéndum y dé el tan esperado sí, “yo creo que hay muchos países, como la República Checa y Polonia, que se han contagiado del efecto Irlanda”.

Para Ulied, el no irlandés no altera para nada el funcionamiento de la UE. “No creo que este rechazo suma a la UE en una crisis. El problema es por expectativa de futuro”, apunta.

La población europea quiere de la UE que les presente propuestas para solucionar los problemas que asolan a todo el mundo, como “el aumento del precio del petróleo, el cambio climático o la escalada de los precios de los alimentos”, apunta Ulied, quien espera que para la cumbre de octubre Irlanda presente sugerencias para cambiar la opinión de sus votantes. “Para conseguir cambiar el voto, los irlandeses necesitan que les den ciertas garantías de que no van a modificar la mentalidad del país”. Éste sería ya el Plan C.

El siguiente, el Plan D, se dividiría en varias partes. “En primer lugar, hay que seguir trabajando. También todos los cambios del Tratado podrían hacerse sin la necesidad de hacer un Tratado, sino haciendo algunos cambios en la legalidad de la UE; hay que seguir trabajando pensando en el futuro, y tampoco soy partidario de que existan países duros ni países freno. Que cada uno lleve su ritmo”.

Para De Areilza, la UE no estaba preparada para este revés. “Lo curioso es que se sabía que había este riesgo”, dice. El Tratado de Lisboa se hace de tal modo, “oscureciendo el lenguaje de la Constitución que se escapaba por la puerta de atrás. Se discutió en tres meses. Sabían que había un estado, Irlanda, que debía hacer referéndum, y no lo tuvieron en cuenta”.

Ulied está de acuerdo con Molina en que, si a los irlandeses no le interesa, que se vayan, “pero no perjudiquen a los demás”. La maquinaria de la UE lleva ya medio siglo funcionando. “Es lenta, pero segura”, dice. Por eso anima a los europeos a seguir esforzándose y trabajar por un refuerzo de la Unión. Ulied no se atreve a predecir qué va a pasar ahora. “Veremos qué propone Irlanda en octubre. Mientras tanto, tendremos que capear los temporales absurdos, como son la República Checa y Polonia, que navegan por donde los lleva la corriente”. Él no teme que estos dos países no ratifiquen, “porque harán lo que haga Irlanda”, añade.

De Areilza recomienda hacer una pausa y volver a debatir Europa. “Los avances que propone el Tratado de Lisboa son totalmente necesarios. Va a llegar un momento donde va a ser más importante las formas que el propio contenido. En la Europa de los Veintisiete va a haber más ganadores y más perdedores que en la Europa de los Seis, donde había más unión y cohesión. Es un proceso largo, pero se aprende de las crisis”.

En cuanto a las reglas del juego para aprobar la reforma, fueron decididas por los veintisiete miembros de la Unión durante el llamado “rescate de la Constitución europea el año pasado”, recuerda De Areilza. Cuando llegue octubre descubriremos  si el Tratado de Lisboa ve finalmente la luz o, por el contrario, se perdió en mitad del túnel.


Publicado el: 09/07/2008


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