Biotecnología en Chile: buscando el impulso de la mano del cobre y la fruta
Al igual que la gran mayoría de los países de América Latina, Chile se enfrenta a un reto casi titánico para impulsar su industria biotecnológica. Bajas cifras de inversión, escasa participación del sector privado nacional, pocos centros académicos especializados, ausencia de una masa crítica de investigadores, distancia geográfica de los polos de mayor desarrollo tecnológico y la ausencia de la biotecnología en las negociaciones de liberalización del comercio configuran un ambiente nada propicio para acortar distancias con los países más ricos.
La voz de alarma la dieron por escrito más de mil representantes de todo el mundo, reunidos en el primer Foro Global de Biotecnología que se realizó en la ciudad de Concepción (sur de Chile) el pasado mes de marzo bajo el auspicio de Naciones Unidas. “Los países pobres y en vías de desarrollo deben apurarse en poner en marcha sus proyectos biotecnológicos para desarrollarse y, así, alcanzar un nivel que les permita competir en este mundo globalizado cada vez más exigente”, señaló la declaración final suscrita por investigadores, autoridades y empresarios.
Los asistentes a la cita mundial pidieron, además, mayores esfuerzos para movilizar recursos y potenciar las capacidades de las naciones en biotecnología, así como revisar las repercusiones y las vías de acceso a la propiedad intelectual, con el fin de promover la explotación y difusión de la biotecnología en los países en desarrollo.
Orfandad de acuerdos comerciales
Según un estudio que se presentó en Concepción, la biotecnología está prácticamente ausente de las negociaciones comerciales en materia de liberalización del comercio y procesos de integración económica. Esto afecta, principalmente, a los beneficios que los países menos desarrollados pueden obtener de una mayor integración con las economías más avanzadas, a partir, entre otras cosas, de una liberalización recíproca de sus mercados. Además, en los países desarrollados se encuentran las fuentes generadoras más importantes de nuevas tecnologías.
Consciente de esos obstáculos, el Gobierno chileno definió en junio de 2003 un plan nacional para el desarrollo de la biotecnología, cuyo horizonte temporal es el bicentenario de la independencia (2010). Entre los objetivos que se ha marcado el Ejecutivo destaca el desarrollo empresarial, nuevas fórmulas de financiación para investigación y desarrollo (I+D) y formación de recursos humanos, un nuevo marco regulatorio y la creación de un departamento institucional que coordine la participación pública con la ciudadana.
La comisión multidisciplinaria creada para elaborar este plan nacional elaboró un informe final en que, aunque Chile ha diversificado notablemente su base productiva y exportadora en los últimos años, su desarrollo económico continúa basado fundamentalmente en la explotación y comercialización de recursos naturales. En este contexto, la biotecnología se presenta como una herramienta muy útil para mejorar la capacidad competitiva de estos sectores productivos.
La estrategia: creación de polos o consorcios de desarrollo biotecnológico
Aunque la biotecnología se empezó a utilizar comercialmente en Chile a finales de los años 80 en la producción de kits de diagnóstico, principalmente para el mercado local por parte de la empresa Bios-Chile, en la actualidad la industria biotecnológica se encuentra débilmente desarrollada: sólo existen 31 empresas y se estima que sus ventas totales no superan los ocho o nueve millones de dólares anuales. Alrededor del 70% de estas ventas son productos o servicios biotecnológicos en el sentido estricto. La mayoría de las empresas se desenvuelven en los sectores de diagnóstico médico y veterinario, y en la producción de enzimas y productos químicos finos, elaborados, generalmente, a partir de recursos naturales.
De acuerdo a la clasificación establecida por el organismo estatal de fomento productivo, CORFO, según volúmenes de ventas y número de personas, el 19% de las compañías biotecnológicas chilenas son medianas, el 67% pequeñas y el 14% corresponden a la categoría de microempresas.
Guardando las proporciones, las cifras chilenas están bastante lejos de lo que se observa en Brasil, donde un estudio de la Fundación Biominas identificó a 354 compañías de biotecnología en un mercado total estimado en 3.000 millones de dólares en el año 2001.
Ante esta situación, tanto el Gobierno chileno como académicos e investigadores coinciden en que el despegue de la biotecnología en Chile y en América Latina, en su conjunto, debe basarse en la rápida creación de diversos polos o consorcios de desarrollo biotecnológico, formados por las principales empresas productivas del área exportadora. En el caso de Chile, ese impulso está partiendo bajo el paraguas de las grandes industrias locales: mineralogía de cobre, fruticultura y vinos, salmonicultura y la actividad forestal.
Movimiento latinoamericano
Estos pasos han seguido a los dados por Brasil y Argentina. En el primero ya están consolidados los clusters biotecnológicos de Minas Gerais (Biominas) -que por sí solo reúne a cerca de 60 empresas con ingresos por 228 millones dólares en cifras del año 2000-, y de Rio de Janeiro (Bio-Rio). En la segunda, dos empresas de biotecnología se asociaron recientemente con el Gobierno para desarrollar un polo en la ciudad de Rosario. Una de las compañías es Bio Sidus, que consiguió notoriedad a partir de la producción de Pampa, la primera vaca clonada.
Lo importante para desarrollar esos polos biotecnológicos “es mantener el foco y la velocidad”, dice el doctor en bioquímica Pablo Valenzuela, profesor e investigador de las universidades Católica de Chile y Andrés Bello, y fundador de la pionera Bios Chile. “El foco tiene que estar en las principales áreas de exportación del país. La biotecnología requiere de dirección y clara congruencia con un mercado que la demanda. No podemos enfocarnos en un área industrial en la que no estamos o invertir e impulsar desarrollos sin un futuro productivo obvio”.
Según el científico, las empresas de biotecnología florecerán en los países en desarrollo al amparo de las grandes empresas ya existentes. En otras palabras, de la mano de aquellas industrias que realicen investigación en sus campos y, en menor grado, a través de firmas de biotecnología al estilo de lo ocurrido en Estados Unidos con las multinacionales farmacéuticas y de agrosemillas. “Cuando haya suficiente investigación y desarrollo en las áreas de mayor potencial, van a empezar a aparecer las oportunidades para actividades emprendedoras en biotecnología”.
Para que se abran estas oportunidades, resulta fundamental aumentar la masa crítica de investigación y desarrollo, tanto a nivel básico como en los casos de tecnología aplicada, como apunta el doctor Juan Asenjo, fundador del primer doctorado en Biotecnología del país y actual director del Centro de Ingeniería Bioquímica y Biotecnología de la Universidad de Chile. “Es necesario crear incentivos para los emprendedores y al, mismo tiempo, proveer de fondos para el desarrollo de una fuerza de investigadores. Es crucial contar con gente que posea títulos de doctorado, lo que es muy poco común en América Latina. Los especialistas que se gradúen en centros como el nuestro estarán en condiciones de desarrollar aplicaciones que serán útiles para sus respectivos países”.
Asenjo puede dar fe del nacimiento de nuevas aplicaciones que, aunque no son el objetivo de centros de investigación académica como el que dirige, son siempre bienvenidas como un “producto colateral”. Su unidad académica está en trámites de conseguir patentes en Estados Unidos de dos trabajos realizados en Chile. Uno de ellos prevé que revolucione el mercado mundial de los detergentes, pues su equipo descubrió una enzima devora-suciedad en las entrañas del krill, un pequeño crustáceo que habita las aguas antárticas y que tiene alta actividad a baja temperatura, por lo que permitirá la producción de detergentes que pueden lavar a 20 grados de temperatura, mientras las enzimas de los actuales productos disponibles en el mercado comienzan a trabajar cuando el agua ronda los 50 grados. “Todo esto proporcionará un considerable ahorro de energía. Una vez que la patente esté caminando, vamos a ofrecer el producto a empresas multinacionales”, relata Asenjo.
Cooperación internacional = rápido acceso a biotecnología de punta
Valenzuela destaca que un consorcio biotecnológico es también una entidad favorable para focalizar la búsqueda y evaluación de la oferta tecnológica mundial, y para identificar y hacer posible la colaboración internacional, “aspecto crucial para tener un rápido acceso a tecnologías de punta”. Si nosotros privilegiamos la cooperación internacional con los centros que están relacionados con las tecnologías del área que queremos desarrollar, avanzaremos más rápido”.
Un notable ejemplo de cooperación internacional es el caso de Biosigma, empresa nacida hace dos años a través de la iniciativa gubernamental Genoma Chile y conformada en partes iguales por la estatal chilena Codelco –el mayor productor de cobre del mundo- y la japonesa Nippon Mining & Metals. Con un capital inicial de 5 millones de dólares, la joint-venture chileno-japonesa tiene por objetivo potenciar la minería del cobre, que pese a la diversificación de las exportaciones domésticas, continúa siendo el gran pilar del desarrollo competitivo y exportador chileno.
“Esta es una empresa totalmente innovadora y del primer mundo, cuya misión es el desarrollo de la biotecnología minera, entendiendo como tal la genómica, la proteómica (aproximación que busca identificar y caracterizar un conjunto completo de proteínas y la interacción entre ellas en una especie dada) y la bioinformática, para desarrollar patentes y aplicaciones tecnológicas que darán como resultado la recuperación del cobre a partir de minerales de baja ley”, resume el doctor Ricardo Badilla, gerente general de BioSigma.
El campo de acción de Biosigma es muy amplio, explica Badilla, sobre todo si se tiene en cuenta que hoy en día sólo un 2% del cobre del mundo se produce por procesos de biolixiviación mineral y que los denominados minerales primarios -aquellos formados por calcopirita- “no son sujeto de recuperación por procesos tradicionales en función de su alto costo”.
Badilla no tiene dudas de que Biosigma obtendrá sus primeros resultados comerciales el próximo año. “Hay un cierto consenso en que una de las principales oportunidades para el negocio minero es la generación de nuevas tecnologías sobre la base de la biominería. Nosotros estamos apuntando a generar soluciones efectivas en esa área y el logro de ese objetivo va a mejorar el balance global de las empresas mineras, porque permitirá optimizar faenas existentes y generar una tecnología ambiental y económicamente sustentable para recursos de baja ley, lo que aumentará el valor de las reservas de las empresas”.
Se estima que la aplicación de la biolixiviación a la totalidad del cobre que se produce en Chile haría disminuir los costos de producción en un 50%, y se cuadruplicarían las reservas de cobre económicamente explotables del país.
Para Badilla la inscripción de patentes y el beneficio económico que aseguran a sus desarrolladores es fundamental. “Si uno mira el número de patentes que existen en América Latina y las compara con las cifras de Estados Unidos o Japón, debemos admitir que somos insignificantes, pero en el tema minero en Chile disponemos de una cierta ventaja, primero porque los recursos están en el país y segundo porque es una tecnología esencial para nosotros. Sin duda, estamos contentos de que otros países inviertan en temas de gran significado para la humanidad, como nuestra salud, pero ahí no tenemos ventajas competitivas y muy pocos recursos financieros y humanos, versus grandes actores a nivel mundial”.
Chile, en vías de producir y exportar frutas transgénicas
Por el momento, las aplicaciones comerciales de la biotecnología en el sector agrícola mundial se han concentrado principalmente en lograr incrementos de productividad y reducciones de costes en cultivos anuales con resistencia a insectos y virus y tolerancia a herbicidas, principalmente en soja, maíz, algodón y canela. Esos avances se han logrado gracias a la polémica transgenia, metodología que permite introducir material genético de un organismo en otro para modificar microorganismos o conseguir mejoras genéticas en plantas y animales, imposibles de alcanzar con las técnicas tradicionales.
Como reseña el informe de la comisión que estableció el plan nacional de biotecnología en Chile, la participación de los países en desarrollo en la agricultura transgénica ha aumentado desde 17,8% en 1999 a 27,1% en 2002 en términos de superficie cultivada. Se estima que durante la temporada 2002, entre 5,5 y 6 millones de agricultores sembraron cultivos transgénicos y que China tuvo el mayor incremento anual de área sembrada respecto del año anterior, con un 40%.
En esta área nuevamente destaca Brasil, país que ha pasado a integrar el grupo de escasas naciones con capacidad en genómica (uso de la caracterización molecular y la clonación de todo el genoma de una célula u organismo para entender la estructura, funcionamiento, y evolución de los genes) y que se convirtió en la primera nación latinoamericana que logró el secuenciamiento del genoma de un organismo vivo, el de la bacteria Xillela fastidiosa, organismo que ataca a los cítricos.
Sin embargo, investigadores y empresarios chilenos quieren ir más lejos y anunciaron en el Foro de Concepción que este país, el mayor exportador de fruta fresca del Hemisferio Sur, estaría en condiciones de cosechar cultivos transgénicos hacia el año 2008 con el fin de patentar y colocar nuevas especies de uvas, nectarines y duraznos genéticamente modificados en los mercados internacionales.
Para Valenzuela, ese avance debe ser una prioridad de la empresa Chile, pero siempre teniendo en cuenta la oposición que aún despierta la elaboración de alimentos transgénicos por sus eventuales daños a la salud y el medio ambiente. Por eso, llama a separar la investigación de la comercialización. “En aquellos mercados donde no son aceptados sería tonto que nuestras industrias intentaran comercializarlos. Pero, hacer investigación es otra cosa. Es preciso estar preparados para el momento en que los transgénicos sean aceptados, porque no tengo dudas de que eso ocurrirá y la animadversión caerá por su propio peso. En Estados Unidos, por ejemplo, casi 300 millones de personas llevan cerca de diez años consumiendo alimentos transgénicos sin conocimiento de efectos adversos. La Unión Europea acaba de decidir el fin de la moratoria sobre transgénicos de maíz, en una acción que hace un tiempo habría parecido improbable. Esto nos demuestra que el tren ya partió y no se detendrá, al contrario, se mueve cada vez más rápido”.
La comisión formada por el Gobierno chileno fijó su posición sobre el tema señalando que al nivel de organismos internacionales tales como la FAO y la OMS, entidades científicas como las Academias Nacionales de Ciencias, y las agencias regulatorias de diversos países, “existe un elevado grado de consenso respecto de que la evidencia científica acumulada es contundente en demostrar que los alimentos transgénicos son igual de seguros para la salud humana que sus contrapartes convencionales, siempre y cuando existan instituciones, regulaciones y procedimientos adecuados que permitan evaluar tales riesgos”.
En su calidad de académico y empresario, Valenzuela asegura que como país elaborador de una serie de productos naturales a los que se debe agregar valor, sin transgénicos, Chile no tendrá ninguna oportunidad de competir con otras naciones de potencial agrícola como Sudáfrica, Nueva Zelanda, Australia y algunos países europeos, que ya están trabajando en transgenia. “Muchos de ellos no están en el mercado, pero seguro que lo estarán en los próximos años. Lo peor sería que nos quedáramos atrás en una tecnología tremendamente útil y tener que pagar enormes sumas por concepto de patentes”.
Mientras esperan la apertura de los mercados globales a los alimentos modificados genéticamente, son los grupos de trabajo surgidos del ámbito de las universidades y con apoyo estatal y privado los que buscan ocupar aquellos nichos que pueden darle a Chile ventajas competitivas en el mercado internacional.
Una de esas iniciativas, conducida por la Universidad de Chile y la Asociación de Exportadores, pretende mejorar ciertos frutos de exportación –principalmente carozos- que llegan a los distantes mercados de destino en malas condiciones, un problema típicamente local causado por la lejanía geográfica de Chile con respecto a los mercados del hemisferio norte y asiáticos. Según las entidades involucradas, mejorar aspectos de calidad de poscosecha utilizando herramientas genómicas y proteómicas en duraznos y nectarines –que pasan por prolongados períodos de almacenamiento y de transporte- puede significar aumentar el valor actual de las exportaciones de estas frutas en 140 millones de dólares.
Otro proyecto, de gran significación para la industria vitivinícola –Chile es el séptimo exportador de vino en el mundo-, pretende identificar, secuenciar y caracterizar los genes de las vides que responden a las infecciones virales. La idea del grupo integrado por la Universidad Católica y la empresa Bios-Chile, entre otros, es corregir los genes que en las plantas permiten la aparición de enfermedades y producir, a largo plazo, especies inmunes.
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