Los empresarios vitivinícolas plantan cara a la crisis argentina
Entre 1998 y 2003, la industria del vino en Argentina experimentó el mayor crecimiento de su historia. Tres han sido los factores de este éxito: la llegada de inversiones por valor de 1.300 millones de dólares, un aumento del 106 % en el consumo interno y un alza del 800% en el volumen de las exportaciones. Estas últimas pasaron de 55.000 hectolitros en 1990, a 492.000 en 2000, según el Instituto Nacional de Vitivinicultura. Al mismo tiempo, las bodegas instaladas en el país han visto incrementar su número en un 13%, pasando de 776 establecimientos a 877.
Además, han proliferado todo tipo de servicios y empresas asociadas a este mercado que, anualmente, mueven un volumen de negocio superior a los 4.800 millones dólares. Este grupo abarca desde proveedores, hasta nuevos profesionales en enología y agricultura, servicios de logística y distribución, puntos de venta especializados, packaging y marketing. Incluso se han abierto alternativas educativas, como la Maestría en Vitivinicultura de la Universidad Nacional de Cuyo, que se ha ubicado en Mendoza, provincia que concentra más del 60% de la superficie cultivada (unas 250.000 hectáreas).
Las causas de esta oleada de crecimiento hay que buscarlas en las buenas condiciones económicas de los años 90, que otorgaron estabilidad a los empresarios, y por el espíritu emprendedor de los argentinos, que desarrollaron bodegas profesionales, incorporaron tecnología y aunaron sus fuerzas para poder exportar. Sin esto último, la vitivinicultura no tendría la reputación y aceptación que ha alcanzado. Aunque todavía le queda un largo camino por recorrer.
Los analistas aseguran que los vinos argentinos disfrutan todavía de un amplio recorrido de crecimiento económico. Pero, para conseguirlo, necesitan un incremento del volumen de producción, que sólo será posible si los empresarios pueden acudir a nuevos créditos bancarios, que se encuentran paralizados desde que se devaluó la moneda nacional, a principios de 2002, durante la crisis institucional y económica del país. “La falta de financiación complica el panorama. Hay que encontrar una solución a este problema porque la tecnología se renueva día a día”, asegura Alberto Arizu, director de la reconocida bodega Luigi Bosca, que hoy exporta el 40% de su producción.
Por otro lado, el vino argentino no estaría bien calificado de no ser por las generosas extensiones de tierra fértil, la benevolencia del clima y las diferentes alturas para cultivar que ofrece la cadena montañosa de Los Andes. “Las condiciones climáticas y el uso de nuevas técnicas han permitido que Argentina sea reconocida por su capacidad para cultivar diferentes variedades, especialmente por la uva Malbec, que en su mayor parte se produce en la tradicional provincia de Mendoza”, explica Diego Marcos Salguero, de Promoción Institucional de la bodega argentina Familia Zuccardi.
Desde la perspectiva del profesor de gestión de Wharton Gerald McDermott, “obviamente la Argentina tiene ventajas en sus vinos por sus recursos naturales y del clima que se dan en todas las regiones en las que se cosecha, tanto Mendoza –la más importante-, como Salta, San Juan o la Rioja”.
La década dorada de los 90
El factor económico que disparó el crecimiento del mercado del vino durante la década de los 90 fue el sistema económico de la convertibilidad, que otorgaba estabilidad y seguridad cambiaria. De hecho, fue durante esa época cuando se produjeron las mayores inversiones. “En los 90 se destinaron más de 1.300 millones de dólares a los sectores agrícola y vitivinícola. Se inauguraron bodegas, se incorporó tecnología y se mejoraron y ampliaron las variedades de uva”, cuenta Sergio Oliveri, economista del IERAL (Instituto de Estudios Económicos sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana), de la Fundación Mediterránea en Mendoza.
Desde el punto de vista legal, “la desregulación producida en los 90 con el decreto 2.284/91 fue un motor del crecimiento: eliminó regulaciones que trababan el desarrollo del sector, como los cupos de producción. Por eso, en los 90 los bodegueros se animaron a ampliar su negocio”, dice Oliveri.
El IERAL también jugó un rol importante. Desde mediados de los 80, contribuyó a dar a conocer los efectos perjudiciales de las regulaciones a través de innumerables informes elaborados desde su sede en Mendoza. “En la actualidad, podemos afirmar que el sector vitivinícola está a la altura de las bodegas europeas gracias a la incorporación de tecnología que se ha llevado a cabo durante la última década. Por eso aumentaron las exportaciones”, señala Alberto Arizu.
Cambio en los hábitos de consumo
Los cambios en la demanda fueron otro termómetro que marcó el camino a seguir. En los últimos ocho años, el consumidor mundial de vino ha modificado sus preferencias: mientras que antes las compras estaban repartidas por igual entre los ‘vinos de mesa’ y los ‘finos o de alta gama’, hoy los de mejor calidad han desplazado en gran medida a los comunes.
Esto se debe a las buenas campañas publicitarias, a un mejor conocimiento del consumidor y a la mejora y aparición de nuevas variedades de vino.
Los datos aportados por el IERAL indican que en Argentina, entre 1998 y 2003, se pasó de un 54 % de superficie destinada a los ‘vinos de mesa’ a un 39%; mientras que los ‘vinos finos’ representan el 59% de la producción total. Además, el consumo interno aumentó un 106% gracias a la moda del vino, que dejó de ser un producto caro o de la alta sociedad para ser consumido por jóvenes y un creciente número de mujeres.
Todas estas mejoras se produjeron al mismo ritmo que cambiaba la demanda internacional. "Por eso, las mejoras y nuevas inversiones en los vinos argentinos fueron ideales para poder colocarlos en el exterior”, apunta Oliveri. Para Arizu, “aunque las bodegas nos hemos lanzado a exportar, nadie abandona el mercado doméstico, ya que Argentina está entre los diez países con mayor consumo de vino, a diferencia de otras naciones productoras de vino, cuyo mercado interno consume más cerveza u otras bebidas”.
Mirar hacia fuera
A la hora de exportar, los bodegueros -en su mayoría empresas de origen familiar- han asumido en solitario la aventura de buscar clientes. Pero, a pesar de ser competidores en el mercado interno, se han unido bajo un mismo paraguas para obtener mejores ventajas competitivas en el exterior.
La forma de organizarse es mediante la conformación de ‘clusters’ o ‘consorcios de exportación’, grupos de bodegas que juntan fondos de manera privada para financiar sus viajes, participación de ferias y promociones en otros países.
“Se generó una interesante cooperación entre bodegueros y viñateros que, para poder exportar, se asociaron a pesar de la competencia interna y llegaron así a nuevos mercados. Esos clusters o consorcios de exportación aunaron esfuerzos y volumen de producción. Las bodegas no hubieran podido atender por su cuenta mercados exigentes, ya que no les alcanza su nivel de producción para cubrir un aumento en la demanda”, explica Oliveri.
Un buen ejemplo también es Pro Mendoza –apunta McDermott- que se convirtió en una fuente de información sobre novedades enológicas que se transmiten desde el exterior a las bodegas locales.
Según el IERAL, en el exterior se coloca menos del 10% de la producción, lo que conlleva que Argentina obtenga sólo el 1% de la cuota de mercado mundial. Los principales mercados según el Instituto Nacional de Vitivinicultura son Europa: Italia (más del 25 %), Francia (25 %), España (15 %); mientras que también se envían vinos a Sudáfrica y Australia. En tanto, Estados Unidos es otro mercado muy interesante al que llega más del 5 % de las exportaciones; de hecho Luigi Bosca tiene pensado “aumentar la presencia en Estados Unidos porque es donde más ha crecido el consumo”, dice Alberto Arizu.
"Argentina está desarrollando interesantes uvas nuevas para poder integrarlos a la oferta de exportación. Pero todavía es una industria joven y necesita madurar", afirma McDermott.
Luigi Bosca forma parte de Wines of Argentina (Vinos de Argentina), un ‘consorcio de exportación’ al que están asociadas más de 70 bodegas. Mario Giordano, coordinador de Wines of Argentina, explica que “la manera de promocionarnos no es sólo a través de ferias o eventos internacionales sino, por ejemplo, de una encuesta gigantesca en varios países del mundo para saber cómo nos ven, cuáles son los elementos fuertes que tenemos, las debilidades. Lo que queremos es trabajar todavía de un modo más profesional y poder vender más en el futuro”.
Pero, para conseguirlo, Argentina deberá hacer frente a un grupo de países que cuenta con climas y suelos similares. Entre ellos destacan Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Chile, que llevan años de experiencia y ventaja en comercialización a Argentina y que, además, acceden a incentivos por parte de sus gobiernos, que consideran al vino un atributo de sus naciones.
De hecho, uno de los retos pendientes para Argentina es conseguir una mayor implicación del Gobierno que permita fortalecer la marca del país. "Esto se logra sobre la base de la programación en la promoción de Argentina, que podría ser a través del vino, el tango y las maravillas turísticas como los Glaciares y las Cataratas del Iguazú”, destaca Mario Giordano. En esta misma línea, el director de Luigi Bosca señala que “tanto nosotros como el resto de las bodegas argentinas sabemos que no se puede vender mejor sin una marca país que nos ayude. Hoy muchos estamos trabajando detrás de esa marca país desde lo privado, como Wines of Argentina”.
En tanto, Gerald McDermott sostiene que “la clave es ser eficiente a la hora de ingresar a otros mercados y eso depende de las políticas públicas. EL INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) es el indicado, pero necesita más presupuesto. Además, es fundamental que a nivel nacional se instrumente una marca país para promocionar mejor los vinos en el exterior, sobre todo porque afuera las empresas nacionales o multinacionales compiten con distintas estrategias y comportamientos”.
En el caso de la competencia con Chile, Giordano destaca que "es vecino nuestro y, por ahora, no somos competidores. Pero lo seremos en el futuro. Creo que podemos competir y, al mismo tiempo, ocupar diferentes espacios de mercado. Podemos hasta complementarnos. Chile es un país reconocido en el mundo vitivinícola, nosotros estamos en proceso y nos falta mucho”.
Diego Salguero coincide en este planteamiento. “Chile es un gran competidor porque, hoy en día, disfruta de una presencia mayor que la nuestra en el mercado internacional, ya que comenzó mucho antes a exportar sus productos”.
Para el profesor de Wharton, si bien Chile tiene mayor presencia internacional, con el 10 % de market share en el mundo, “la Argentina tiene muchas posibilidades para crecer si mejora su forma de producir. O sea que el binomio buena producción-volumen puede llegar a ser increíble para la Argentina. Además, los vinos Chilenos son vistos como buenos pero baratos y le cuesta penetrar en Estados Unidos en el segmento de los finos, mientras la Argentina puede hacerlo con más ventajas”. Sin embargo, concluye "la Argentina necesitaría mayor calidad en la producción de vinos, es decir, más valor agregado en vinos finos".
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