'Demasiado grande para caer': ¿Puede la regulación controlar el riesgo sistémico?
La expresión “demasiado grande para caer” se estrenó durante la crisis financiera y se usó intensamente para referirse a los megabancos y las instituciones que empujaron a la economía mundial —y a sí mismos— hacia el colapso. Pero no se debía permitir que cayesen a causa del caos que crearían en la economía en general. Pasado el peor momento de la crisis, la atención se vuelve ahora hacia los posibles medios de control de esas organizaciones gigantescas sin con eso incentivar comportamientos más arriesgados. Los profesores de Wharton analizan la cuestión.
Se trata de una expresión que significa casi exactamente lo opuesto de lo que parece. “Demasiado grande para caer” no quiere decir que la institución financiera no pueda caer, sino que no se debe permitir que caiga. Si eso sucediera, sería catastrófico para los mercados financieros y para la economía “real”.
Con el desarrollo de la crisis financiera en 2008, los órganos reguladores federales consideraron a Bear Stearns, Fannie Mae, Freddie Mac, American International Group y otras instituciones demasiado grandes para caer, a pesar de las malas decisiones que habían tomado esas empresas. La idea de salvar ese tipo de empresas viola el principio según el cual son los mercados los encargados de juzgar qué compañías se deben hundir y cuáles deben salvarse. Pero cuando los órganos reguladores permitieron que Lehman Brothers cayese en septiembre de 2008, un tsunami barrió los mercados y la economía.
Ahora que lo peor de la crisis parece haber pasado, las entidades reguladoras, los legisladores y otros especialistas discuten cómo tratar a empresas de ese tipo en el futuro. “Esas empresas presentan dos tipos de dificultad”, observa Richard C. Marston, profesor de Finanzas de Wharton. “En primer lugar, hay instituciones que no son bancos y que han demostrado estar en condiciones de llevar nuestro sistema financiero a la bancarrota. Son empresas como Bear y AIG. Necesitamos un órgano regulador serio que las vigile [...] En segundo lugar, tenemos que pensar qué hacer con los grandes bancos y otras grandes instituciones para controlar riesgos futuros”.
La principal preocupación de Marshall E. Blume, profesor de Finanzas de Wharton, en relación a las grandes instituciones “es que, si los inversores de esas instituciones perciben que el Gobierno está dispuesto a alejar los riesgos [por medio de paquetes de emergencia], habrá enormes distorsiones en el mercado”.
Aunque haya quien defienda la partición por ley de esas empresas, como fue el caso de AT&T, hace tiempo, hay quienes defienden la creación de un mecanismo mejor para el desmantelamiento de las empresas financieras de forma ordenada, de modo muy parecido a lo que la Sociedad Federal de Seguro de Depósito (FDIC, según sus siglas en inglés) hace con los bancos comunes. Muchos dicen que imponer tal disciplina a esas empresas, desincentivando los riesgos excesivos, puede llevar a quienes poseen títulos de la deuda, y no solamente los accionistas, a sufrir grandes pérdidas, en el momento en que el Gobierno decide intervenir.
De acuerdo con algunos especialistas, el problema de las instituciones demasiado grandes para caer va más allá de su tamaño, o del número de trabajadores, inversores y detentores de títulos de la deuda, que se ven directamente afectados por su colapso. Algunas de esas instituciones son lo bastante grandes para desvirtuar la forma de funcionamiento del mercado. En un artículo publicado en The Wall Street Journal el 27 de septiembre, dos empleados de la Reserva Federal señalan que los esfuerzos de la Fed para estimular la economía a través de la reducción de los tipos de interés no produjeron el efecto deseado a causa de las grandes empresas. Normalmente, un recorte de la Fed en los tipos de corto plazo repercute en el sistema culminando con tipos menores para empresarios y consumidores, que se ven entonces incentivados a contratar crédito y a gastar, mejorando la situación de la economía. Esta vez, sin embargo, la bajada de los tipos no funcionó porque las grandes instituciones y otras entidades temían que si se prestaban entre sí no les devolverían el dinero.
“Los tipos que más importancia tenían para la recuperación de la economía -aquellos pagados por las empresas y familias- subieron en vez de bajar”, observa Richard W. Fisher, presidente y consejero delegado de la Fed de Dallas, y Harvey Rosenblum, vicepresidente ejecutivo del banco y director de investigación. “Los bancos con más volumen de pérdidas causadas por los activos tóxicos fueron los primeros en congelar o en reducir su línea de préstamos. Los prestatarios se tuvieron que enfrentar a tipos de interés más elevados y de acceso limitado a la financiación cuando esos bancos elevaron sus márgenes para racionar el volumen de préstamos disponibles o para reflejar el coste más elevado de la financiación limitada, a medida que el mercado comenzaba a darse cuenta del riesgo más elevado que representaban los bancos demasiado grandes para caer”.
Aunque un gran número de bancos pequeños continuaban siendo saludables, no estaban simplemente en condiciones de compensar la disminución de los préstamos concedidos por las grandes instituciones. Las empresas no tenían ninguna forma de recurrir a otros métodos de préstamos (como venta de acciones y obligaciones), porque no hace mucho tiempo la desregulación del mercado permitió que las grandes empresas se convirtieran en personajes importantes en esos mercados, según explican los empleados de la Fed en su artículo.
Cómo definir “demasiado grande”
A primera vista, la resolución del problema parece inmediata: si una institución es demasiado grande para caer, entonces es porque es realmente muy grande y debería dividirse.
Pero las cosas no son tan simples, observa Richard J. Herring, profesor de Finanzas de Wharton. Divisiones forzadas como la de AT&T, en 1982, se basaron en leyes antimonopolio creadas para preservar la competencia, y no parece que sean aplicables al caso de las empresas demasiado grandes que tienen, de hecho, una fuerte competencia, dice Herring. “No se puede decir que haya habido violaciones sustanciales de la ley antimonopolio, si es que las hubo. Por lo tanto, sería preciso que hubiera una justificación totalmente nueva para la intervención, lo que estaría acompañado de una fuerte oposición”.
En primer lugar, sería difícil formular una definición ampliamente aceptada de “demasiado grande”, dice Herring. ¿Cuál sería el parámetro utilizado? ¿Capitalización de mercado? ¿Activos? ¿El montante de dinero en riesgo? ¿Número de empleados o líneas de negocios? ¿Volumen de apalancamiento? Además, añade, hay un cierto beneficio en la existencia de instituciones demasiado grandes que operen a nivel internacional, en condiciones de invertir en innovaciones y de competir con las grandes instituciones financieras de otros países.
Itay Goldstein, profesor de Finanzas de Wharton, observa que los problemas financieros no son causados necesariamente por las dimensiones de las grandes empresas. Empresas pequeñas pueden causar problemas sistémicos si un volumen suficiente de ellas hiciera el mismo tipo de apuestas equivocadas, lo que puede ocurrir cuando se dejan guiar por la mentalidad de rebaño. “En ese sentido, puede haber algunas ventajas en la existencia de instituciones financieras muy grandes, porque son menos propensas a ese tipo de actitud”, dice Goldstein. “Las grandes instituciones generalmente analizan el escenario al completo; además de eso, suelen hablar entre sí [...] Lo que puede ser muy bueno”.
Cuando hay una crisis, tal vez sea más fácil para los órganos reguladores reunir los ejecutivos de unas pocas empresas para intentar encontrar la solución al problema, en vez de lidiar con centenares de empresas de pequeño tamaño, añade. “Todos los países cuentan con esas” grandes empresas, observa Jeremy J. Siegel, profesor de Finanzas de Wharton. “Hay megaempresas en todas las industrias. En todo el mundo, las instituciones financieras son grandes, y siempre ha habido bancos demasiado grandes para caer [...] Sólo porque existan, eso no significa que sean necesariamente instituciones malas”.
Aunque el sistema financiero se haya visto amenazado por las grandes empresas, Blume dice que el problema no tiene su origen en el tamaño, sino por el tipo de cosas que hacían como, por ejemplo, negociar derivados poco comprendidos a través de filiales que ocultaban riesgos. “Por lo tanto, la cuestión es la siguiente: ¿Si no hubiera bancos grandes, el problema aún existiría?”, se pregunta Blume. “En mi opinión, aún así tendríamos los problemas que tenemos hoy en día [...] Si no hubiera un banco grande detrás de todo eso, habría bancos pequeños haciendo lo mismo”.
El problema, añade Herring, no es tanto el hecho de que las grandes empresas sean demasiado grandes, sino el hecho de que sean complejas y demasiado opacas. Él dice que las 16 mayores instituciones financieras controlan un número de filiales 2,5 veces mayor que las 16 mayores empresas no-financieras. Una de las más complejas controla 2.435 filiales, de las que el 50% están en otros países. Muchas de esas filiales se crean para “minimizar los gravámenes regulatorios” o reducir impuestos, dice. Tal complejidad dificulta a cualquiera —inclusive reguladores, gerentes y directores de empresas— la total comprensión de todos los riesgos en los que incurren las empresas, o cómo esos riesgos pueden interaccionar con los que están asumiendo otras empresas.
El gobierno Obama propuso transferir a la Reserva Federal buena parte de la regulación aplicable a las instituciones financieras hoy dividida entre varias agencias. Aunque todavía quedan varios detalles por discutir, la Fed tendría nueva autoridad para reunir información de las instituciones financieras y con eso evaluar los riesgos sistémicos. También se formaría un “consejo de reguladores” para coordinar mejor los esfuerzos de varias agencias. Se crearía, además, un sistema para el cierre de empresas problemáticas.
Plan de cierre
Herring dice que todas las instituciones financieras deberían tener un “plan propio de cierre de actividades” para explicar cómo se tratarán los riesgos y la empresa desmontada, si fuera necesario, en caso de crisis. Ese plan daría a los directores de la empresa y a los órganos reguladores detalles sobre las operaciones de la compañía, tales como mapas de filiales y procedimientos de cierre, datos sobre depósitos asegurados y no asegurados, cuentas sobre el volumen de derivados en cartera. La preparación de un plan de este tipo exigiría la realización de una prueba de estrés en sintonía con otras empresas de gran tamaño. Su objetivo sería evaluar lo que sucedería en un escenario de condiciones financieras adversas. El plan de cierre informaría inclusive del número de días necesario para desmontar toda la empresa.
Si ese procedimiento se hubiera aplicado hace algunos años, se podría haber evitado lo peor de la crisis actual, dice Herring. El conocimiento obtenido con la preparación del plan podría haber llevado a las empresas a crecer menos rápidamente, evitando estructuras corporativas muy complejas e incurriendo menos en el tipo de riesgo que amenaza al sistema financiero. Los órganos reguladores podrían haber alertado sobre la fragilidad creciente del sistema. En la peor de las hipótesis, las empresas podrían haber desacelerado sus actividades de forma menos drástica.
“Basta hacer una serie de preguntas muy simples sobre la razón por la cual la empresa es tan grande, y a qué se debe su excesiva complejidad”, dice Herring. “Si usted no pudiera responder satisfactoriamente a las pesquisas de los órganos reguladores y de la dirección de la empresa, todo lleva a pensar que su empresa debe desacelerar sus actividades”.
Fisher y Rosenblum, de la Fed de Dallas, observan que “el problema no es sólo el riesgo representado por los activos de un gran banco, tampoco el tamaño del banco en relación al sistema en general. Es importante saber también si la cartera de activos del banco tiene un nivel elevado de correlación con la de otros bancos. ¿Todos llevaron a cabo la misma apuesta, al mismo tiempo? ¿Todos apostaron que los precios de los bienes inmuebles subirían indefinidamente? Como todos sabemos, la respuesta, en la década actual, desafortunadamente, es ‘sí’”.
Hay que resolver algunas grandes cuestiones: ¿qué agencias federales deberían supervisar las instituciones? Aunque el Gobierno Obama confiera la mayor parte del poder a la Reserva Federal, los críticos dicen que la Fed hizo poco por evitar la crisis reciente y puede no tener la cultura y el conocimiento necesarios para lidiar con cuestiones de ese tipo, incluso adquiriendo nuevos poderes.
Pero Marston, la elección de la Reserva Federal es lógica. “Es preciso que la Fed tenga el poder suficiente para regular las instituciones demasiado grandes para caer de forma más estrecha si son, de hecho, consideradas demasiado grandes. Esto significa algo más que exigencias adicionales de capital. Creo que significa también que esas empresas no deberían tener permiso para usar las filiales de manera que las deja caer a ellas y eliminan el riesgo de la matriz cuando, en realidad, no lo hacen, dice él, añadiendo que la Fed “necesita un mecanismo para cerrar esas instituciones en caso de suspensión de pagos, de la misma forma que el FDIC cierra los bancos pequeños”.
Muchos especialistas creen que las grandes empresas deberían ser obligadas a mantener reservas mayores de capital, y no se debería permitir apuestas demasiado altas con dinero prestado, lo que fue un factor fundamental en la crisis reciente. “La mayor parte de los observadores está de acuerdo con la necesidad de aplicar reglas que exijan más capital y menos apalancamiento para las grandes instituciones financieras”, observan Fisher y Rosenblum, de la Fed. “Es como en el caso de los camiones pesados: es preciso establecer límites de velocidad, ya que los accidentes causados por ellos generalmente son más desastrosos”.
Otro problema, de acuerdo con varios especialistas, es que los sustanciales paquetes de rescate dados por el Gobierno durante la crisis reciente sólo incentiva el riesgo. Aunque los accionistas hayan sufrido grandes pérdidas, muchos acreedores de las empresas han sido salvados por el contribuyente. Los detentores de títulos de la deuda impondrían mayor disciplina a las empresas si creyeran que ellas también pueden ser barridos por la crisis financiera, observa Marston. “Es inaceptable que la Fed esté forzada a proporcionar soporte a contratos de AIG por su valor nominal. Nosotros, los contribuyentes, estamos pagando por la confusión creada por AIG durante años”.
“Cuando el Gobierno intervino para salvar esos grandes bancos, lo que hizo fue básicamente sanear el total de su deuda, inclusive la deuda subordinada”, dice Blume. “Eso crea un problema para el futuro”. Teóricamente, a los acreedores con deuda subordinada se les paga sólo después de a los detentores de títulos de la deuda principal. Ese riesgo extra hace que los detentores de deuda subordinada sean más cautelosos a la hora de prestar. Salvarlos los estimula a incurrir en riesgos imprudentes, dice Blume.
Una posible solución, dice él, sería exigir que las instituciones financieras que trabajan con provisiones para deuda corporativa la conviertan, automáticamente, en acciones en caso de crisis. Quitar la deuda y expandir el volumen de acciones dejaría los balances más fuertes. Esa estrategia exigiría disciplina, ya que los accionistas generalmente tienen pérdidas mayores que los detentores de títulos de la deuda en casos de suspensión de pagos o crisis de otro tipo. Además de eso, los accionistas tienen voz en el gobierno de la empresa; los detentores de títulos, no.
“Eso puede resolver una serie de problemas de la industria bancaria”, dice Blume.
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