Madres y fumadores, ¿a la cola de la carrera profesional?
A muchos padres les gusta alardear sobre sus hijos. Algunos incluso añaden esta información en su currículo. Tal vez no deberían hacerlo.
Según los resultados presentados por dos sociólogos de la Universidad de Cornell durante la conferencia recientemente celebrada en Wharton, las madres no salen muy bien paradas cuando tienen que competir por un empleo con otras mujeres igualmente capacitadas, pero sin hijos, o bien con candidatos del sexo opuesto con o sin descendencia. La conferencia, que llevaba por título Carreras y transiciones profesionales: nuevas evidencias para una nueva economía estaba organizada por el Center for Human Resources (Centro de Recursos Humanos) y patrocinada por la firma de transiciones profesionales DBM.
Durante la conferencia también se presentaron los resultados de otras investigaciones relacionadas con otro peculiar grupo de trabajadores: los fumadores. Profesores de la Universidad de Columbia y de Barnard College estimaron que a los fumadores se les paga en promedio menos que al resto de trabajadores. Los investigadores sugieren que este comportamiento de los empleadores tal vez esté justificado, ya que posiblemente los fumadores no estén tan dispuestos como sus colegas no fumadores a invertir tiempo y esfuerzo para escalar posiciones en la carrera profesional.
En ambas investigaciones se estudian los salarios y las dinámicas que se producen en el lugar de trabajo. Aparte de esto, las similitudes son prácticamente inexistentes, aunque ambas intentan averiguar algo más sobre un problema persistente en el ámbito de la economía de los recursos humanos: algunas personas ganan más dinero que otras y, después de controlar por factores como la educación y la experiencia, aún no está muy claro el porqué. Normalmente los supervisores pueden justificar casos concretos de trabajadores, pero cuando se trabaja con datos agregados las disparidades observadas siguen siendo un misterio.
La paternidad ayuda, la maternidad no
Shelley Correll y Stephen Benard, sociólogos de Cornell, creen que la discriminación contra las madres podría desempeñar un papel muy importante en toda esta historia, y para poder demostrar dicha hipótesis decidieron llevar a cabo un experimento.
El primer paso consistió en crear los currículos y los memorándums del departamento de recursos humanos para cubrir un puesto ejecutivo de marketing en una empresa de comunicaciones de reciente creación. Los currículos de hecho contenían cualificaciones idénticas pero después Correll y Benard incorporaron características adicionales para poder distinguir a los candidatos. En algunos currículos indicaban que el/la candidato/a formaba parte activa de una asociación formada por padres y profesores. En otros decían que el/la candidato/a pertenecía a una asociación de vecinos. Los memorándums también incluían anotaciones sobre si el/la candidato/a tenía hijos o estaba casado/a, y un nombre propio de mujer u hombre que proporcionase así información sobre el género.
A continuación los investigadores contrataron a varios estudiantes universitarios para actuar como supervisores, diciéndoles que la empresa que estaba haciendo el proceso de selección vendía principalmente productos a los jóvenes, y por tanto quería saber cuál era su opinión sobre sus decisiones de contratación. Asignaron a cada estudiante un par de currículos –dos mujeres o dos hombres; uno con hijos y el otro sin hijos-, y les dieron instrucciones para evaluar a los candidatos o candidatas e incluso proponer cuál debería ser su salario inicial. También les pidieron su opinión sobre cuántas veces se debería permitir que el/la trabajador/a llegase tarde al trabajo antes de ser sancionado/a.
En todas las variables excepto en una, las madres obtuvieron menos puntuación que el resto (en el número de veces que se permitiría llegar tarde, empataron a puntos con los varones sin hijos). Los estudiantes consideraron que las madres eran menos competentes, estaban menos comprometidas y tenían menos probabilidades de ser ascendidas que el resto. Asimismo les ofrecieron el salario inicial más bajo.
Resulta interesante que los estudiantes hayan otorgado a las mujeres sin niños la mayor cualificación en otras variables, concediéndoles la puntuación máxima en compromiso, competencia y posibilidades de promoción. Sin embargo, no fueron las mujeres sin hijos los candidatos a los que les ofrecieron los mayores salarios iniciales; ésos fueron a parar a manos de los padres, esto es, varones con hijos, que también obtuvieron puntuaciones muy altas en probabilidad de ser ascendidos. Los varones sin niños no quedaron tan bien situados como los varones con niños; ganaron a las madres prácticamente en todo pero se situaron por detrás de las mujeres sin hijos en todos los parámetros excepto en uno. Tal vez los “calificadores” supusieron que saldrían demasiado por la noche a divertirse.
En resumen, parece ser que a los candidatos masculinos les beneficia la paternidad mientras que a los femeninos les perjudica.
Correl y Benard interpretan estos resultados como muestra de que en lo referente a la contratación, existe una “sanción a la maternidad”. (Los varones sin hijos podrían sostener que también existe una “sanción al libertinaje”). “Si los empleadores consideran que las madres están menos comprometidas con su trabajo y tienen menos posibilidades de promoción, las mujeres se tendrán que enfrentar a un techo de cristal que en parte será un techo de maternidad”, se puede leer en su artículo titulado "Getting a Job: Is There a Motherhood Penalty?" (Conseguir un trabajo: ¿se penaliza la maternidad?). Los candidatos y candidatas “que fueron evaluados en este experimento eran exactamente iguales”, añaden. El hecho de que “tener hijos tan sólo perjudicase a las féminas constituye una fuerte evidencia de discriminación”.
No obstante, la profesora de Políticas Públicas y Empresa de Wharton Brigitte Madrian, moderadora de la sesión en la que Correll presentaba los resultados de sus investigaciones, no llegó a tal conclusión inequívoca. En su opinión, los resultados de Correll y Benard son plausibles, pero recordaba que dichos resultados procedían de un experimento llevado a cabo con estudiantes universitarios que aún no habían acabado la carrera. “Ahora lo propio sería hacerlo con expertos en contratación”, decía. (En su artículo Correll y Benard señalan que, en un estudio previo, las calificaciones concedidas por los estudiantes a los candidatos fueron un calco de las otorgadas por los profesionales).
Madrian también señalaba que los calificadores se dejaban llevar por las ideas generalmente aceptadas sobre el lugar de trabajo. “Existe esa percepción general de que se puede confiar más en una mujer joven que un hombre joven, y que la paternidad hace que los hombres sienten la cabeza. También se cree que las mujeres con niños son menos fiables, ya que al final van a tener que llevar a los niños al médico o salir antes cuando el niño se ponga malo. ¿Es esto cierto? Una forma de averiguarlo sería a través de los expedientes de los trabajadores, mirando cuántos días han faltado por enfermedad, cuántos días han llegado tarde y el número de horas que han trabajado”.
Otra manera posible de ampliar el estudio sería distinguir entre mujeres con niños pequeños y mujeres con hijos que estén, por ejemplo, en la universidad. “Si en realidad se trata de tener que ir al médico y acudir a reuniones con los profesores, entonces no se debería encontrar este mismo efecto en las mujeres de más edad”, decía Madrian.
Sea cuál sea el motivo, parece ser que los estudiantes-calificadores penalizan a las madres por no estar tan comprometidas con sus carreras. Su supuesto parece ser que entre las madres trabajadoras la maternidad consume un tiempo que de otro modo dedicarían a su trabajo.
Fumadores: ¿son menos eficientes en el aprendizaje?
Nachum Sicherman, economista en Columbia, y Lalith Munasinghe, economista en Barnard, realizaron un estudio sobre este mismo problema -esto es, cuál es el esfuerzo que los trabajadores ponen en el desarrollo de sus carreras- pero desde una perspectiva diferente: fumadores versus no fumadores. Estos autores sugieren que fumar o no fumar puede utilizarse como proxy de la disponibilidad de los trabajadores a invertir en el desarrollo de sus carreras y de su capacidad para aprender nuevas habilidades. Así, tal y como sostienen en su artículo titulado "Wage Dynamics and Unobserved Heterogeneity: Time Preference or Learning Ability?" (Dinámicas salariales y heterogeneidad inobservada: ¿Preferencia temporal o capacidad para aprender?) es posible que los fumadores inviertan menos, y por tanto aprendan menos, que los no fumadores.
Para muchos esta conclusión podría resultar asombrosa. Después de todo, a no ser por las paradas que hacen de vez en cuando para fumarse un cigarrillo, los fumadores no tendrían que ser muy diferentes del resto de trabajadores. Es más, entre los grandes triunfadores hay muchos que disfrutan con semejante “afición”. El gobernador de California Arnold Schwarzenegger incluso ha instalado una carpa fuera del edificio en el que se encuentra su oficina para poder fumar tranquilamente mientras trabaja. (En California está prohibido fumar en edificios del Gobierno).
Peter Cappelli, profesor de Gestión de Wharton y principal organizador de la conferencia, señalaba que los autores emplean una aceptada técnica de investigación: utilizar algo que se puede observar –fumar- como proxy de algo que es difícilmente observable, al menos a nivel macro. “Es un modo de intentar obtener las preferencias de riesgo de los individuos y su propensión a pensar en el futuro”, explicaba. “Fumar obviamente no es una decisión orientada hacia el futuro”. Capelli también señalaba la existencia de “interesantes investigaciones de sanidad pública que muestran que la gente comprende los riesgos asociados a fumar pero no le importa”. Mientras, uno de los participantes en la conferencia afirmaba que, según ciertas investigaciones independientes, el 30% de los japoneses fuman todos los días. En Bélgica, Noruega y Francia esta cifra se sitúa en el 29%. En Estados Unidos fuma el 18% de la población.
Sicherman, que se declara fumador, y Munasinghe sostienen que los fumadores podrían ser diferentes al resto de trabajadores en diversos factores clave. En su opinión, los fumadores parecen valorar más la diversión presente que los costes futuros. Aceptan el riesgo a largo plazo de padecer alguna enfermedad, como cáncer de pulmón o un enfisema, a cambio de poder disfrutar en el presente de la nicotina. Tal y como diría un economista, tienen una alta tasa de descuento, lo cual provoca que tengan una menor predisposición a invertir, incluyendo la inversión en salud. “Aquellos con mayores tasas de descuento para el futuro claramente concederán mayor importancia a su salario presente en relación con su salario futuro que aquellos con tasas de descuento más bajas”, escriben Sicherman y Munasinghe.
Es más, los economistas sostienen que los fumadores pueden ser menos eficientes en el aprendizaje. El hecho de que fumen indica que aún no se han dado cuenta, a pesar de la aplastante evidencia, de que dicho hábito causa enfermedades. “Si entre aquellos que aprenden eficientemente las probabilidades de fumar disminuyen, ya que una mayor capacidad para aprender eficientemente ayuda a comprender mejor los efectos negativos de fumar, entonces es posible que esta dimensión inobservable del aprendizaje explique la correlación negativa observada entre fumar y las tasas de crecimiento de los salarios”, se puede leer en el artículo.
Por el contrario, aquellos que aprenden de un modo más eficiente, podrían estar más dispuestos “a invertir en educación así como en otros modos de capital humano, incluyendo formación ocupacional”, sostienen Sicherman y Munasinghe.
Así, estos dos economistas diseñaron un modelo estadístico para probar su hipótesis y aplicaron a los datos demográficos y de salarios del National Longitudinal Surveys of Youth (Encuesta nacional longitudinal sobre los jóvenes) que cubre los años comprendidos entre 1979 y 1994. Su conclusión: la orientación actual –o en sus términos, la mayor tasa de descuento de los fumadores-, explicaba los menores salarios de los fumadores, pero las diferentes capacidades en el aprendizaje no parecían ser un factor determinante. “Nuestros resultados sugieren que, a la hora explicar las diferencias que se observan entre los individuos en el mercado de trabajo, es posible que haya una serie de rasgos psicológicos y de personalidad que sean mucho más importantes que la mera capacidad cognitiva para procesar información”, concluyen.
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