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La estanflación, un potente cóctel de riesgos económicos, amenaza a España

Desde que se inauguró 2008, la caída estrepitosa de la Bolsa española parece que está anticipando la evolución de la economía: la inflación y el déficit corriente están desbocados, el crecimiento económico cae y la creación de empleo se agota. “La inflación que soporta España es superior a la media de los países con los que competimos”, recuerda Rafael Pampillón, profesor del Instituto de Empresa. Otros síntomas de que la economía no marcha bien son que “la tasa de ahorro de los hogares disminuye, las empresas aumentan sus necesidades de financiación y el déficit por cuenta corriente está en el 10% del PIB”, añade Pampillón. Ahora, la estanflación “asoma las orejas, y no se debe olvidar que suele ser un potente cóctel de riesgos económicos”, augura. Para Francesc Javier Mena, profesor de ESADE, España está atravesando una situación de bajo crecimiento económico unida a una fuerte inflación. “Estamos en una desaceleración económica que parece que va a ser relativamente fuerte, y la inflación no está controlada, muy excesiva de la media que pervive en Europa”, comenta.

 

Pero, ¿qué significa el término estanflación? “Es una combinación muy peligrosa de bajo crecimiento económico en la que hay, a la vez, una inflación sostenida”, explica Pampillón. Según el profesor del IE, España todavía no sufre una situación de estanflación. “Solo sufre, por ahora, el fenómeno de la ‘slowflation’, es decir, una combinación de crecimiento económico que está bajando y un paro que está aumentando combinado con tensiones inflacionistas”. Recuerda Pampillón que España se aleja de los buenos ritmos de crecimiento de los últimos años. “La estanflación es, por ahora, solo una posibilidad, pero parece que la tendencia va en esa dirección”, insinúa.

 

Término acuñado en los setenta

El término estaflación se puso de moda en los años setenta, cuando la OPEP cuadruplicó el precio del petróleo. “Fue una época en la que la inflación, los tipos de interés y la tasa de paro eran de dos dígitos. Aquel aumento de precios fue muy superior a la inflación que actualmente vemos en Estados Unidos o en España”, recuerda Pampillón. En aquel entonces, los gobiernos de muchos países, incluido España, optaron por aplicar políticas keynesianas. En concreto, “una política fiscal expansiva, mediante un incremento del gasto, que impulsara la demanda de forma que desapareciera el empleo. Pero, eso sí, a costa de una mayor inflación, que provocó que los trabajadores ejerciesen presiones al alza sobre los salarios alimentando aún más la espiral inflacionista y los gobiernos subieron los tipos de interés para combatir el aumento de precios”, explica Pampillón.

 

Las consecuencias no pudieron ser peores, “con efectos no deseados que agravaron la ya de por sí mala situación. Además, esa política fiscal expansiva trajo consigo un empeoramiento de las finanzas del Estado, lo que supuso un incremento en la carga impositiva que, a su vez, desalentó todavía más la inversión”, señala Pampillón. Entonces fue cuando algunas economías se enfrentaron a lo peor de ambos mundos: “la estanflación (estancamiento e inflación)”.

 

Pero no todo fueron errores. La devaluación de 1997, dice Pampillón, fue un acierto. “Efectivamente, las fuertes alzas de precios que se produjeron de 1973 a 1977, consecuencia de la primera crisis del petróleo, generaron pérdidas de competitividad que se manifestaron en fuertes déficit de la economía española frente a exterior en 1974, 1975 y 1976. La citada devaluación permitió recuperar la competitividad perdida, obteniendo superávit en las balanzas por cuenta corriente en los siguientes años”. Posteriormente a la devaluación de la moneda española, en 1977, se firmaron los pactos de la Moncloa, “consistentes en una política monetaria restrictiva, una política presupuestaria que limitó la cuantía del déficit público, un menor crecimiento del gasto público corriente y definió un nuevo marco de relaciones laborales mediante el Estatuto de los Trabajadores, que flexibilizó el mercado de trabajo”, añade Pampillón.

 

La situación actual que se ha instalado en España es comparable, “aunque en menor medida”, con la situación que vivió la economía en los años setenta, que se manifestó en tres hechos diferenciales: “Una persistente y aguda tasa de inflación (que duplicaba la media de los países de la OCDE, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), una caída del ahorro privado y de la inversión que se manifestaban en una reducción del crecimiento del PIB, una elevada y creciente tasa de paro y un fuerte desequilibrio en la balanza de pagos”, especifica el profesor del IE.

 

¿Cuáles son las causas de que España pase, en este momento, por este periodo? En lo que va de año, el selectivo español “Ibex 35 ha caído un 10%”. Parece que la Bolsa está enviando un aviso: “La economía española se encamina a un enfriamiento mayor del previsto hasta ahora por los analistas. Los mercados están descontando que habrá un ajuste mayor del previsto en el nivel de la actividad que, muy posiblemente, convivirá con un paro mayor. Esperemos que no tengamos que sufrir, además, una alta e incómoda tasa de inflación”, espera Pampillón. De ser así, se podría iniciar ese fenómeno al que los economistas denominan estanflación. “Los retrocesos de la bolsa durante este año demuestran que, a juicio de analistas e inversores, esa posibilidad crece día tras día”, añade. Para Mena, España ha vivido unos 14 años con unos crecimientos muy considerables impulsados por dos motores: la construcción y el consumo familiar. “La incorporación de la mujer en el mercado laboral, unido al empleo que desempeñan los inmigrantes; el descenso de la tasa de paro y el mayor endeudamiento de las familias españolas han sido las razones que han hecho que la economía española creciera al ritmo que lo ha hecho y que, ahora, se sumerja en un estado de desaceleración”, comenta Mena. Dice que, tarde o temprano, era una situación que tenía que llegar.

 

Pampillón comenta que hay factores externos que afectan a todas las economías. Pero asegura que la española es víctima de otros factores intrínsicos: “Es mucho más vulnerable en materia energética por su fuerte dependencia del exterior; le afecta también la rigidez del mercado laboral; la política fiscal que ha aplicado el gobierno no ha sido suficientemente contractiva porque, dado que carecemos de una política monetaria propia, hubiera sido necesario un control mucho mayor del gasto público y un superávit superior al obtenido; el modelo de crecimiento económico español, basado en la construcción, un fenómeno eminentemente español, ha agravado también la situación económica al pincharse la burbuja inmobiliaria en el país”, explica Pampillón.

 

En opinión del académico, ya se ha comprobado que aplicar políticas expansivas de demanda puede generar unos desequilibrios difíciles de resolver. “La expansión del gasto público distorsionaría los incentivos, la asignación eficiente de los recursos y, además, pondría en peligro el superávit presupuestario”. Además, dice que devaluar tampoco es posible, “ya que no tenemos esa potestad”. Ante la ausencia de una política de tipo de cambio, el equilibrio exterior, la creación de empleo y la estabilidad de precios solo son posibles a través de mejoras de la competitividad. Para ello, es necesario “diseñar e implementar políticas de oferta que intensifiquen los esfuerzos para elevar la productividad de las empresas a través, por ejemplo, de la extensión del uso de las tecnologías de la información y de la inversión en I+D+i y en capital humano”, dice Pampillón. Recomienda, además, tomar medidas que primen otras energías, como la nuclear. “La potencia nuclear instalada debería alcanzar, al menos, los 20.000 megavatios en 2030, frente a los 7.700 actuales, para garantizar la estabilidad del sistema eléctrico nacional y satisfacer la demanda, según algunos técnicos”, añade.

 

Por su parte, Mena piensa que, a corto plazo, es imposible descifrar las medidas que terminen con esta situación. “No podemos devaluar; no podemos tocar los tipos de interés si no lo hace el BCE (Banco Central Europeo); no podemos elaborar grandes políticas de gasto público, porque entraríamos en déficit...Por eso, tenemos que buscar políticas estructurales a medio plazo: formar capital humano; despertar el espíritu innovador; internacionalizar la economía... Es decir: hacer que la economía sea competitiva”, apunta.

 

Pampillón recomienda a España que se copie de países como Finlandia e Irlanda, que han conseguido una buena estructura productiva y educativa basada en trabajadores muy cualificados. “Lo ideal sería lograr el consenso social entre empresarios, sindicatos y gobierno para conseguir, a largo plazo, una estabilidad de precios que permita mantener la competitividad internacional. Y elevar el gasto en I+D, que es un tema fundamental”, apunta. En Finlandia, por citar un ejemplo, el 70% del total de I+D lo realiza el sector privado. Para Mena, cada país tiene sus ventajas e inconvenientes, y cada uno debería centrarse en explotar todos sus recursos: “Podríamos aprender de lo bien que Alemania ha sabido exportar sus productos; los italianos son muy buenos en creatividad; Finlandia e Irlanda son muy dinámicas y flexibles, y han invertido en economías del conocimiento y en innovación; Londres posee un centro financiero espectacular, que se hace envidiar incluso hasta en Estados Unidos...”. Así, Mena justifica que, cada país explote sus mejores recursos. 

 

Soluciones a medio plazo

La realidad es testigo de que la economía española ha acumulado en estos años desequilibrios que la hacen muy vulnerable, en un entorno internacional más incierto: “Tiene la necesidad de financiar un déficit brutal de balanza de pagos, una inflación diferencial creciente, una enorme deuda de familias y empresas, y cuenta con una sobrevaloración de los activos inmobiliarios. Me temo que no son buenos los tiempos que se aproximan”, especula Pampillón. Mena aconseja a España que dé un golpe de timón que cambie de rumbo esta situación y evitar así estrellarse. “Es un país que cuenta con unos desequilibrios muy fuertes en precios; el agujero exterior es demasiado grande... Hay que empezar a crear una economía basada en competitividad y no sólo en la construcción y el consumo”, afirma.

 

A dos meses de que se celebren las elecciones generales en España, Pampillón recomienda que el debate se centre en cómo le va a afectar a España la crisis internacional y cómo solucionar el problema. “Estamos viviendo del crédito exterior, y el futuro se va a complicar. La subida de los precios de la energía y de los alimentos está impulsando la inflación más en España que en otros países de su entorno. Habría que debatir si la política fiscal española debería ser restrictiva o expansiva, si el gasto público debe seguir aumentando o no”, se pregunta Pampillón. Además, cuestiona a los españoles que se pregunten cuál va a ser la desaceleración económica de 2008; cómo se producirá el ajuste del sector inmobiliario, que pesa en torno a un 10% y qué medidas de política fiscal deben aplicar. El debate está en la calle. Para Mena, la cuestión económica va a ser un hueso duro de roer en las elecciones generales del 9 de marzo en España. “Los mismos españoles son los que tienen que pensar qué políticas creen que va a manejar mejor esta situación de desaceleración. Y no solo hablamos de pura eficiencia, sino que hay que pensar en quién tiene que soportar los aspectos distributivos de beneficios y las cargas”, añade.


Publicado el: 06/02/2008


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