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Reescribiendo los principios básicos de la economía:Fallos en la asignación del mercado

Olvídese de todo lo que ha aprendido sobre el mercado en sus clases de “Introducción a la Economía”. En un nuevo libro titulado The Tyranny of the Market: Why You Can't Always Get What You Want (La tiranía del Mercado: Por qué no siempre puedes conseguir lo que quieres), el profesor de Empresa y Políticas Públicas de Wharton Joel Waldfogel desafía el planteamiento convencional de que, si se permite que funcionen sus mecanismos internos, el mercado será capaz de proporcionar los bienes y servicios deseados.

Bajo dicho planteamiento, el mercado posibilita que todo el mundo consiga lo que quiere, independientemente de lo que quieran los demás. Por el contrario, las asignaciones que realizan los gobiernos imponen lo que John Stuart Mill denomina “tiranía de la mayoría”, esto es, que una persona sólo conseguirá lo que desea si es también lo que la mayoría quiere. Esta dura distinción entre el mercado y el gobierno, que ya adelantaba Milton Friedman en su libro Capitalismo y Libertad, es lo que justifica que durante décadas se haya permitido que sea el mercado el que decida una amplia variedad de cuestiones. Pero en opinión de Waldfogel, la tiranía de la mayoría está presente en muchos mercados, beneficiando a unos, perjudicando a otros y no siempre promoviendo la eficiencia.

La tiranía de la mayoría –Waldfogel prefiere llamarla “la tiranía del mercado”-, surge cuando se cumplen dos condiciones. La primera, que la producción conlleve altos costes fijos, y la segunda, que las preferencias difieran entre diversos grupos de consumidores. Los altos costes fijos limitan la cantidad de productos que los mercados pueden ofrecer de manera rentable, de tal forma que sólo los grupos de gran tamaño consiguen acceder a productos atractivos. Y cuando las preferencias son diferentes entre grupos, entonces a los grupos minoritarios –“minorías preferentes” en palabras de Waldfogel-, les resulta imposible quedar satisfechos.

La idea completamente virtuosa asociada a la libertad de mercado tiene gran influencia en las políticas contemporáneas, y a menudo va acompañada de una visión cínica de toda intervención del Estado. Waldfogel cita las palabras literales pronunciadas por el Presidente George W. Bush con ocasión del 90 aniversario del nacimiento de Friedman: “Milton Friedman nos ha enseñado que cuando el gobierno intenta sustituir sus propios juicios por los juicios de los ciudadanos libres, los resultados son normalmente desastrosos. A diferencia de la mano invisible del libre mercado, gracias a la cual mejora la vida de la gente”, proseguía Bush, “las extremidades invisibles del gobierno pisotean las esperanzas de la gente y destruyen sus sueños”.

Waldfogel ofrece diversos ejemplos empíricos y casos de estudio para rebatir dicho punto de vista. “Mi objetivo con este trabajo no es demostrar que Friedman estaba equivocado”, escribe, sino “demostrar que la dicotomía de Friedman entre mercado y elección colectiva no es correcta. En muchos mercados, que un consumidor pueda acceder a un bien depende del número de consumidores que también lo quiera. La asignación que realiza el mercado comparte muchas de las características de la asignación a través de la elección colectiva

Waldfogel presenta pruebas para exponer “un punto de vista más matizado sobre las maravillas del mercado y las maldades del gobierno. Su libro plantea que, aunque efectivamente el mercado funcione bien ofreciendo los productos que la mayoría de la gente quiere, no es muy eficiente a la hora de satisfacer las necesidades de los consumidores cuyas preferencias son menos frecuentes. En Estados Unidos, los segmentos de población que posiblemente se queden al margen son, entre otros, la población de color, los hispanos, la gente que padece enfermedades y los que residen en áreas remotas.

Uso incorrecto de la Economía

El libroThe Tyranny of the Market está basado en artículos académicos que Waldfogel ha escrito a lo largo de la pasada década. Hace tiempo que Waldfogel sostiene ante sus compañeros economistas que los mercados comparten con la política algunas características poco deseables, y que desde luego no son perfectos. Ahora el objetivo es llevar estas mismas ideas “a gente no perteneciente a este limitado mundo de la economía académica”, un objetivo que ahora le es posible fomentar gracias al cargo que desempeña desde hace 18 meses como columnista Dismal Science de la revista Slate.

Según Waldfogel, sus planteamientos, aunque no son “revolucionarios”, van en contra de la creencia popular de que la intervención del gobierno en los mercados se considera directamente algo malo. “La Economía ha permitido ser utilizada como bastión en favor de la libertad de mercado y en contra de la intervención del Estado, pero no creo que la ciencia económica proponga exactamente eso”, sugiere. “Observemos primero como funcionan los mercados y después tomemos nuestras propias decisiones”.

En contra de la idea de que gracias al mercado todas las personas consiguen satisfacer sus necesidades, la investigación de Waldfogel muestra diversas situaciones en las que grupos de gran tamaño alcanzan a través del mercado mayor niveles de satisfacción que los de pequeño tamaño. Waldfogel se dio cuenta de este fenómeno por primera vez hace más o menos diez años, cuando estudiaba unos datos sobre audiencias radiofónicas clasificados por grupos raciales. Los negros y los blancos mostraban preferencias bastante diferentes en relación a los programas de radio. Los formatos que resultaban más atractivos para los oyentes de color prácticamente no tenían ningún seguidor blanco. Asimismo había un mayor porcentaje de gente de color que escuchaba la radio en aquellas ciudades estadounidenses con mayor población negra. Esto muestra que al haber más gente que comparte tus mismos gustos, aumenta el número de productos que te resultan atractivos, y tu grupo consigue mayores niveles de satisfacción a partir de los productos disponibles.

Sin embargo, que haya más blancos en el mercado no incrementa el porcentaje de negros que escuchan la radio, y que haya más negros no incrementa el porcentaje de blancos que escuchan la radio. Así pues, aunque una mayor demanda normalmente contribuye a aumentar la variedad, y por tanto conlleva una mayor satisfacción, en realidad tus niveles de satisfacción sólo aumentan cuando existe más gente que comparte tus preferencias. Este es un resultado muy diferente a la situación hipotética en la que consigues lo que quieres simplemente porque lo quieres. En este caso consigues lo que quieres sólo si hay suficiente gente que también lo quiera.

La prensa diaria constituye un ejemplo incluso más evidente. Toda ciudad estadounidense cuenta con varias emisoras de radio, pero sólo tiene disponible uno de los grandes periódicos. Las preferencias en relación con los periódicos difieren entre grupos de población; así pues se puede elegir el periódico para que resulte más atractivo a uno u otro grupo. En lo que respecta a la radio, en ciudades con población predominantemente blanca es más probable que los blancos lean el periódico; y en ciudades con población predominantemente negra es más probable que sean los negros los que lean el periódico. Lo llamativo es que los negros tienen menos probabilidad de suscribirse al periódico en ciudades predominantemente blancas en las que el periódico satisface en mayor medida los gustos de los lectores blancos. No sólo no consigues lo que quieres simplemente por el hecho de desearlo, sino que obtienes algo que no te satisface mucho porque los demás quieren algo que no se corresponde con lo que quieres. Esta es la tiranía de la mayoría trasladada casi de forma literal al mercado. Que haya más gente que comparte tus mismas preferencias te beneficia porque contribuye a que el producto se adapte a tus gustos, y que haya más gente con la que no compartes gustos de hecho te perjudica porque el producto va a resultarte menos atractivo.

Dado que estos problemas surgen cuando los costes fijos son elevados en relación con el tamaño de mercado, se podría encontrar una solución si creciese el tamaño del mercado –por ejemplo gracias al comercio entre diferentes áreas geográficas-, o a través de nuevas tecnologías o enfoques de gestión que permitan personalizar los productos con menos costes. 

Preferencia por las películas de acción

El libro también trata los efectos liberadores del comercio y de Internet, que proporcionan opciones a los consumidores diferentes a las opciones locales. Aunque el comercio resuelve en parte algunos de los problemas de los grupos, no se puede considerar una solución completa. “Con productos que siguen teniendo altos costes fijos, incluso en relación con el tamaño del mercado, exportar puede alejar los productos de las preferencias de los antiguos consumidores locales”, explica Waldfogel, y acercarlos a las preferencias de los nuevos mercados. Por ejemplo, Hollywood ha empezado a adaptarse a los gustos de nuevos mercados, en algunos casos a expensas de las preferencias de los cinéfilos estadounidenses.

“Hollywood se ha dado cuenta que Japón y algunas partes de Europa son mercados que merecen su atención. Y últimamente se observa cómo Hollywood ha generado productos que pueden exportarse bien, como películas de acción. Si te gusta lo que Hollywood solía hacer –dramas y películas basadas en los diálogos-, tu nivel de satisfacción habrá descendido”.

No obstante, Waldfogel explica que también existen otras “historias de rescate” en las que la tecnología y otros avances subrayan los inconvenientes del mercado. Los vendedores de libros y suministradores de películas online pueden ofrecer más títulos disponibles para una mayor variedad de gustos que tu librería o video club local. Y las empresas farmacéuticas, que tradicionalmente han estado impacientes por encontrar el próximo medicamento de gran éxito de ventas, prevén un futuro en el que los medicamentos pueden ser específicamente “diseñados” para un individuo concreto o para determinado grupo pequeño en base a su perfil genético. En los restaurantes se puede observar la tendencia de la empresa a ubicar varias de sus marcas bajo el mismo techo, lo cual permite que los miembros de una misma familia coman al mismo tiempo productos de Taco Bell y de Pizza Hut.

Todas estas críticas al mercado hacen que nos planteemos si la asignación por parte del Estado es mejor o incluso diferente. “Es complicado encontrar casos con los que sea posible comparar adecuadamente la asignación del Estado y la asignación del mercado”, explica Waldfogel, “pero una comparación interesante podría ser las bibliotecas públicas municipales y las librerías”. El mercado hace que podamos disponer de librerías en zonas muy pobladas y de alto poder adquisitivo, mientras el gobierno hace que zonas tanto pobladas como poco pobladas dispongan de bibliotecas, siendo la disponibilidad de librerías locales igualmente sensible a las poblaciones blancas y de color. “Está claro que la decisión de dejemos que el mercado actúe es buena para algunos, pero no para otros”, sugiere.

En opinión de Waldfogel, no existen respuestas satisfactorias o fórmulas sencillas para determinar cuál sería el equilibrio correcto entre el libre mercado y la intervención del gobierno. “La visión económica estándar sobre una subvención es que implica corrupción, y a menudo es cierto”, explica añadiendo que, no obstante, la visión benevolente del mercado también está sobreestimada. “Es cierto que en un mercado perfectamente competitivo, todo lo que debería realizarse acabará realizándose y nada que no debiera hacerse acabará haciéndose, pero esta premisa no puede aplicarse a aquellos casos reales con altos costes fijos. Aunque muchos defienden el mercado debido a su alto grado de eficiencia, en el mundo real existen muchos sectores que carecen de fundamentos de eficiencia para adoptar un enfoque laissez-faire o no intervencionista”. La sociedad, dice Waldfogel, “necesita debatir sinceramente los defectos del proceso de asignación por parte del mercado -y suministrar pruebas-, cuando elija que va a ser el mercado el que decide”.


Publicado el: 17/10/2007


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